Grandes bestias con forma de grandes gusanos de varios pies recorren la ciudad por arriba y por debajo, a toda hora, a todo minuto, durante todos los días del año. Cómodo transporte de ciudad capital, refleja en todo sentido a sus habitantes. Viajar en ellos para el observador y el detallista puede ser una experiencia única, apasionada o de matices muy tristes a mi pesar.
Sus pasajeros diarios demuestran características únicas que permiten sentir en la piel su desolación y su silencio sumergidos en la masa uniforme de seres en el mismo estado.
Sus rostros, inexpresivos, de parpados cansados, mejillas sin color, ojos rojizos, miradas indiferentes. Sus caras llenas de líneas desdibujadas que demuestran cansancio, debilidad, estrés, agotamiento, desaliento. Sus expresiones perturbadas, gritando subconscientemente auxilio, ayuda, socorro, buscando sin esperanza una salida a un mundo que en parte les obliga a hacer sin posibilidad de ser. Caras que demuestran, describen la parábola de una vida pesada y obesa, que se describen en la desesperación de ser pilares, de sostener un sistema enorme, pesado y denso, que solo les permite una elección, la esclavitud dotándola de un sentido positivo : pertenecer y producir. Pertenecer a una horda dormida. Producir sin ética y sin satisfacción manufacturas que solo son necesarias para que el sistema perdure y no el hombre que los produce.
Todo pesar se ve opacado por el peligro del desempleo, de la familia, de los bienes.
Si este pesar crece y el deseo se corroe hasta el máximo posible, el individuo siempre puede consumir drogas legales que obturen sus crisis, sus preguntas, sus despertares, para seguir en el orden y la rutina de la producción constante. La angustia se suprime, los miedos también, las depresiones se esconden y el ser se apaga, es el precio de poder continuar, de sostener la “vida” adulta y responsable que pertenece al mercado tanto como sus valores. De mercado es la vida, las ideas, los pensamientos y sentimientos. Todo es susceptible de ser vendido, todo es mercancía, todo es despojado de sentimientos para transformarse en algo frío y obsoleto para el alma.
Son caras, gestos, miradas que muestran deshumanización, perdida del sentido, automatización del sujeto, maquinización del espíritu, cuerpos sin alma, miradas vacías, perdidas, sin dudas, sin búsqueda, sin proyecto. La perdida completa del ser. Un cuerpo vacío de deseo, un cuerpo sin alma, repleto de químicos que permiten callar cualquier chispa de deseo o rebelión, de búsqueda o de placer. Cuerpos que gozan solitarios el lugar pobre y nauseabundo que les brinda un sistema perverso que sólo permite el deseo a unos pocos.
Por Juan Pablo Visconti